Hace unos meses leí un libro de ensayos de Milan Kundera que me impresionó notablemente.

Se trata de un conjunto de textos que buscan acercarse a los retratos y autorretratos de Francis Bacon. Los textos habían sido concebidos como prólogo de un libro de arte que sería ilustrado con cuadros de Bacon. Al final, desconozco si el libro salió, pero el propio Bacon quería que fuera Kundera quien lo prologara.

Hay tres asuntos en El gesto brutal del pintor (1996) que me parecen importantes rescatar a propósito de la muerte del gran escritor checo, al que Carlos Fuentes bautizó como «el otro K» en el memorable prólogo de La vida está en otra parte.

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El primer asunto tiene que ver con un texto que fue escrito por Kundera antes de esos ensayos sobre la obra de Bacon (1972). Ese texto fue una especie de punto de partida de la novela El libro de la risa y el olvido, donde el narrador dice casi de entrada «la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido».

Obsesionado por el tríptico de los retratos de Henrietta Moraes, Kundera cuenta la escena en la que una amante le confiesa que la han interrogado en la policía secreta. Mientras cuenta, ella no deja de ir al baño, una y otra vez. Se oye constantemente el ruido del tanque y la poceta que baja. De manera desconcertante, Kundera prosigue:

«El ruido del agua llenando la cisterna en el baño prácticamente no paraba y yo, de repente, tuve ganas de violarla. Sé lo que digo: de violarla, no de hacer el amor con ella. No quería su ternura. Quería ponerle brutalmente la mano en la cara y, en un solo instante, tomarla entera, con todas sus contradicciones tan intolerablemente excitantes: con su traje impecable y con sus entrañas en rebelión, con su sensatez y con su miedo, con su orgullo y con su desdicha. Tenía la impresión de que todas estas contradicciones encerraban su esencia: ese tesoro, esa pepita de oro, ese diamante oculto en las profundidades. Quería poseerla, en un solo segundo, tanto con su mierda como con su alma inefable».

Más adelante, Kundera explica la conexión entre este gesto brutal que confiesa y el tríptico de Bacon: «La mirada del pintor se posa sobre el rostro como una mano brutal, intentando apoderarse de su esencia, de ese diamante oculto en las profundidades».

Los autorretratos y retratos del pintor parecen dar con ese punto donde la materia de un «yo» llega a distorsionarse por el gesto brutal de una mano que deforma, tuerce, estira, manipula.

¿Este gesto brutal, esta mano, no es también la del poder que elabora Kundera en varios de sus libros?

Más adelante escribe:

«¿Hasta qué grado de distorsión un individuo sigue siendo él mismo? ¿Hasta qué grado de distorsión un ser amado sigue siendo un ser amado? ¿Durante cuánto tiempo un rostro querido que se aleja en una enfermedad, en una locura, en un odio, en la muerte, sigue siendo aún reconocible? ¿Dónde está la frontera tras la cual un «yo» deja de ser «yo»?»

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Otro asunto que me parece relevante en este libro es que Kundera menciona explícitamente que quien mejor ha explicado la obra de Bacon es el propio Bacon. Cosa que me hace pensar en otro libro que he leído y consultado en los últimos años, El arte de la novela. Podemos decir lo mismo de Kundera: no existe nadie que haya explicado mejor la obra polifónica y lúcida de Kundera que el propio Kundera. Recordemos que después de una larga disquisición sobre el voudeville y la rica tradición de la novela moderna, el escritor checo dice lo siguiente sobre su búsqueda: «Unir la extrema gravedad de la pregunta a la extrema levedad de la forma es desde siempre mi ambición».

Nadie ha podido decirlo mejor. Kundera fue el maestro de varias generaciones de escritores que aprendieron, leyéndolo, el arte de quitarle peso a la forma narrativa, haciéndola leve y ligera, como diría Calvino, pero capaz de plantear los dilemas más profundos y los planteamientos más incómodos. Legado que hay que reconocer en este momento, la obra de Kundera sacudió la mente de generaciones enteras que crecieron antes, durante y después de la caída del comunismo soviético.

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El último punto que quisiera destacar es su idea de que Bacon era un artista que no abría los caminos sino los cerraba. Hablaba de que Beckett y Bacon pertenecían a esa estirpe que hizo obra en la soledad, sin compañeros de viaje, sin proclamas, sin manifiestos futuristas, surrealistas o dadaístas. Kundera escribe:

«Habla como un huérfano. Y lo es. Lo es incluso en el sentido más concreto de su vida: los que abrían camino estuvieron rodeados de colegas, de comentaristas, de adoradores, de simpatizantes, de compañeros de viaje, de todo un grupo. Él está solo como lo está Beckett».

Quiero decir que esa idea del artista que está solo, que trabaja como un huérfano no para abrir los caminos sino para cerrarlos es muy propia de Kundera, quien tuvo que traspasar los desiertos del comunismo soviético y salir de un mundo de fantasías ideológicas para entrar en otro al que nunca se acostumbró. En El arte de la novela, Kundera se plantea si el fin de la novela como la hemos conocido, no se debe a que su mundo cambió radicalmente.

Medita alrededor de una cultura que dominan los medios de comunicación y modelan un tipo de novela a la medida del lector (hoy podríamos decir lo mismo de las redes sociales y los algoritmos):

«La novela (como toda la cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación (…) Este espíritu común de los medios de comunicación disimulado tras su diversidad política, es el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de la novela. El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: «Las cosas son más complicadas de lo que tú crees»«.

Ese es para mí otro de los grandes aportes de Kundera. Haber escrito libros que examinan, que interrogan y revuelven nuestra vida mediocre y acomodaticia.

Con ese gesto brutal, tramado en la más virtuosa levedad, debemos recordarlo y releerlo.