Fiel a su pasión exploratoria, experimental y, ciertamente, transgresora, Luis Correa-Díaz, se embarca en un viaje único al corazón mismo del centro pencopolitano y lo hace de la mano de Alonso de Ercilla,

poeta semilla de la poesía chilena e hispanoamericana, Virgilio tutelar a quien el poeta chileno-americano hace hablar a través de una infatigable lectura vivencial de La Araucana. De igual manera, este poeta se convierte en una especie de avatar de aquél, a quien hace volver a la fértil provincia en sus tempranos 60 añitos, y ésta es, simplemente, la trama de este libro.

Épica en reversa, descenso que no es, en este caso y evidentemente, a los infiernos, sino a la página escrita y reescrita, cuyo QR invisible y de fondo, como un viejo sello de agua, es una octava real.

Correa-Díaz se baja en pleno terminal de buses en la calle Collao y pasa a entablar una conversación intemporal con el “primer poeta joven” de la nación, como lo dijera, con lucidez, Enrique Lihn (quien de Chile y de su poesía siempre supo demasiado). Correa-Díaz, en pleno siglo XXI, retoma esta posta de siglos, para hablar con los poetas vivos y muertos, entre ellos él mismo, como un post-lector de Ercilla y de los poetas mapuches y cantantes “etno-urbanos”; habitante en diálogo incesante con el sur de Chile y su historia de antaño, actual y futura…

Marcelo Rioseco/University of Oklahoma

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