Introducción

El español, más que un instrumento de comunicación, constituye un espacio semiótico donde se definen relaciones de poder, se legitiman desigualdades y se disputan sentidos. Esta lengua no es neutra: sus usos cotidianos, institucionales, regionales y políticos revelan cómo se reproducen o resisten violencias simbólicas y de otros tipos. Una experiencia aparentemente banal —como ser una mujer insultada en la calle por una infancia— puede mostrar cómo, en español, se encarnan hábitos interpretativos y de respuesta relacionados con habitus de dominación que atraviesan generaciones y que naturalizan la subordinación de las mujeres.

Esta lengua no solo vehicula violencias locales y cotidianas: también se ha convertido en una lengua de recepción y traducción de discursos antigénero globales. Expresiones originalmente formuladas en inglés, húngaro, italiano o portugués —como gender ideology— se han fijado en español como “ideología de género”, consolidándose como un dispositivo semiótico que deslegitima al feminismo, al lenguaje inclusivo y a las políticas de igualdad, entre otros. Así, el insulto callejero y el discurso jurídico, la burla digital y la reforma legislativa, participan de una misma lógica de violencia simbólica que encuentra en el español un campo de resonancia intercultural.

Este ensayo propone leer el español como una semiosfera en disputa: un espacio donde conviven narrativas regresivas, que reafirman binarismos biológicos y exclusiones, que reposicionan roles de género y discursos religiosos, con prácticas emancipatorias que buscan visibilizar cuerpos, identidades y derechos. A partir de la narración de un episodio de violencia cotidiana ejercido por una infancia mediante insultos a mí persona y mediante el análisis de discursos antigénero que son traducidos intersemióticamente y que circulan en español, aquí argumento que la lengua, el español, es una arena de lucha política en la que se juega la configuración misma de lo humano, lo social, lo posible y lo visible.

Narrativa personal y primera lectura semiótica

En mayo de este año tuve el infortunio de vivir una escena particular en la calle: un adulto y un niño insultándome con groserías, particulares del español mexicano, por atreverme a “ganarles el paso” con mi auto. Esto ocurrió de la siguiente forma: después de quitarle el paso al auto en cuestión, me estacioné unos metros después y me bajé de mi auto para entrar al edificio donde resido. Pero el auto que iba detrás de mí, se paró unos segundos, en su carril, sólo para gritarme insultos. Estos no sólo vinieron del conductor (hombre), sino también de un niño (hombre), de aproximadamente diez años, que sacó la mitad de su cuerpo por la ventana trasera para poder gritarme insultos como “hija de tu puta madre”, “culera”, etc. al unísono con el conductor, que, infiero, era su padre o tutor. Posterior a la exclamación folclórico-mexicana del español por parte de ambos, volvió a avanzar el autor y siguieron su camino.

Lamentablemente, el hecho de que el adulto me insultara no me sorprendió; pues es lo normalizado en la histeria y neurosis vial de la Ciudad de México. Y, aunque ello no implique que esté “bien”, es algo que se ha normalizado e, incluso, naturalizado: es parte del habitus, diría Bourdieu (1999); es parte del código cultural, diría Umberto Eco (1997); es parte del hábito interpretativo, diría Charles Peirce (Peirce, CP 5.400, 1907). Es decir, para mí lo ocurrido es un problema normalizado porque lo que realmente me sorprendió fue que, seguido del insulto recibido por parte del adulto que manejaba el auto que no dejé pasar, siguiera el insulto de un niño.

Esta vivencia me recordó de manera inmediata que la violencia se encarna en la lengua. Pero, los insultos, más allá de la ofensa, son signos que condensan habitus sociales, hábitos interpretativos y códigos culturales que normalizan la subordinación de las mujeres en el espacio público; la violencia masculina contra mujeres es un fenómeno normalizado en la asimetría de poder (Pitch, 2014).

Tengo en claro que no sólo las mujeres viven violencias, y que no es la mima violencia a todas lasmujeres, ni siempre ocurre en todo momento y lugar, pero la mayoría de los insultos mexicanos sí están inmersos en sentidos que subordinan a la mujer, dadas las características de los mismos: “chinga tu madre”, “hija de tu puta madre”, «me vale madre», “puta”, etcétera. Mediante los lenguajes los sujetos también clasifican cuerpos (Lugones, 2008) y se mueven en torno a ellos.

Tras la impresión de la situación vivenciada, comenzaron las preguntas en mi mente. Las primeras fueron:

¿qué tiene que ocurrir en la casa de un niño de 10 años para que, de manera tan normal, me grité frente a un adulto (en realidad eran dos, venía alguien de copiloto, pero no vi la expresión de género de dicha persona) groserías de ese tipo?, ¿cómo es que alguien se toma el tiempo de detenerse para insultarme junto con un niño?, ¿si yo hubiera sido hombre hubieran hecho lo mismo?

Los insultos simbolizan un ejercicio de poder, subordinación y violencia; es el resultado de una cadena de violencias que estructuran nuestra realidad social en diferentes dimensiones y en diferentes ámbitos y bajo diversos tipos. Esta realidad social, en tanto relaciones de sentido (Flaschland, 2003: 57), en donde las violencias son ejercidas también por infancias, tal como me ocurrió a mí en mi narrativa, manifiesta simbólicamente que las violencias están naturalizadas y aprendidas sin ser cuestionadas; contrario a ello, la sociedad enseña, pedagógicamente, a ser, ejercer y aplaudir las violencias en su diversidad. Ya que ello representa una lógica de poder en donde la persona dominada es la violentada. En este caso, el que un niño de apenas diez años insultara a una mujer frente a su tutor no es un hecho aislado, sino un signo de la manera en que la violencia simbólica se transmite, se aprende y se celebra en el ámbito social, a nivel local, nacional y global.

El español como semiosfera de traducción

Los insultos que circulan en la vida cotidiana materializan un tipo de violencia verbal y simbólica de muchas otras violencias que toman sentido y normalizan en la lengua, los discursos políticos y mediáticos; son sólo una parte de la cultura de la violencia occidental que atraviesa al español y que le ha convertido en semiosfera de traducción de narrativas globales antigénero. La noción de semiosfera propuesta por Iuri Lotman (1996) resulta útil aquí: todo espacio cultural funciona como una esfera de significados que solo puede comprender lo externo a través de procesos de traducción. En este sentido, aunque muchas de las narrativas conservadoras contemporáneas tienen su origen en discursos en inglés, italiano, polaco, húngaro o portugués, su circulación en español no se limita a una transferencia lingüística. Se trata de una operación semiótica más compleja, donde los sentidos son adaptados, fijados y reconfigurados de acuerdo con los códigos culturales del mundo hispanohablante.

Un ejemplo paradigmático es la traducción de gender ideology como “ideología de género”. En el tránsito al español, esta expresión adquiere una fuerza performativa particular: no solo nombra, sino que organiza un universo de oposiciones (natural/antinatural, familia/disolución, libertad/imposición-esclavitud) que estructura tanto la acción política como las percepciones sociales desde el conservadurismo, que engloba el frente político, religioso y social.

Siguiendo el trabajo de Marta Lamas (2025: 38), el signo “género” conlleva dos acepciones: el sexo biológico y el nivel simbólico-cultural de la diferencia sexual que determina “lo propio” de la mujer y del hombre. Y, desde el ámbito religioso, como respuesta al feminismo, a la despenalización del aborto y el uso del signo “género” en las conferencias de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los acuerdos derivados de éstas, tal como lo fue en la Plataforma de Acción de la IV Conferencia Mundial de la Mujer, Beijing 1995, Joseph Ratzinger (en ese momento prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe[1]) construyó una cruzada católica-cultural bajo el término “ideología de género” como un dispositivo semiótico-político estratégico para ser utilizado en contra del feminismo, de la diversidad de género y de cualquier progresismo que se saliera de los mandatos biologicistas y religiosos de la Santa Sede (Lamas, 2025).

Actualmente, este signo se usa desde movimientos conservadores en distintos países para referir a feminismos, diversidad sexual, educación sexual, políticas de igualdad e incluso otras agendas progresistas. Su uso no sólo es religioso, sino también político y jurídico. Y se enmarca en una gramática discursiva global que se despliega con variaciones locales: en México, los discursos antigénero se anclan en la educación, la laicidad y lo jurídico; en Europa y Estados Unidos, en la soberanía nacional y la defensa de Occidente.

En un análisis que realicé para el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB) sobre el ecosistema antigénero en México y a nivel internacional, identifiqué cómo estas narrativas operan en español a partir de un mismo eje semántico y función semiótica. A partir de discursos de mandatarios como Milei, Bolsonaro, Orbán, Meloni, Trump, Duda y movimientos políticos como Vox, Frente Nacional por la Familia (México) y el partido político abanderado por Eduardo Verástegui (México) mostré que el signo “ideología de género” lo contraponen narrativamente frente a “infancias”, “libertad” y “familia”. Y funciona como un signo que condensa miedos colectivos y, en su circulación en español, habilita discursos discriminatorios como son los de la machosfera/manosfera, los de influencers como El Chicharito, así como insultos callejeros e iniciativas legislativas restrictivas y biologicistas como las actuales de Estados Unidos.

Así, el español opera como una semiosfera y también un espacio alosemiótico: recibe lo que viene de fuera, pero lo transforma según las disponibilidades culturales propias. El resultado no es una copia fiel de los discursos globales, sino un repertorio local de metáforas, dicotomías y narrativas que fortalecen la violencia simbólica. Lo mismo que ocurre en el insulto cotidiano —donde un niño repite la violencia aprendida de un adulto— ocurre en la escala macro: los discursos traducidos al español fijan sentidos que se transmiten, se normalizan y terminan influyendo en la arena pública y en las políticas de Estado.

Resignificación de términos universales en español

En el español de los discursos antigénero se observa una estrategia semiótica recurrente: la reapropiación de palabras con alta legitimidad social-simbólica para darles un sentido restrictivo. La “libertad” deja de ser un derecho universal y se interpreta como la posibilidad de los padres de vetar contenidos educativos, bajo fórmulas como el “pin parental”. La “familia” se presenta como “natural” y exclusiva, usada para excluir arreglos diversos y reforzar la heterosexualidad obligatoria. Los “derechos” se limitan al reconocimiento del sexo biológico, negando a las identidades trans o no binarias. La “niñez” aparece como víctima inocente y escudo narrativo, invocada para justificar censura escolar o reformas restrictivas. Finalmente, la “biología” se convierte en una verdad indiscutible, un argumento que clausura el debate al presentar el orden natural como incuestionable y es el principal argumento usado desde Ratzinger hasta la fecha en los discursos antigénero y antidiversidad.

Estas resignificaciones no son inocentes: constituyen un modo de violencia simbólica que opera en español, donde las palabras no sólo significan, sino también refieren extensionalmente, fijan posiciones sociales y jerarquías de género. Lo ocurrido en la escena personal que narré —el niño insultando al unísono con un adulto— es un microejemplo de esta dinámica: la infancia no solo es protegida y victimizada, sino también instrumentalizada como agente de violencia aprendida, del mismo modo en que se usa como justificación discursiva en la arena pública.

Violencia simbólica y políticas públicas en español

La violencia simbólica que circula en español se traduce también en políticas públicas y decisiones institucionales que fijan sentidos restrictivos en la educación, la legislación y el espacio digital. En México, los amparos interpuestos contra los libros de texto de la Secretaría de Educación Pública (SEP) y las campañas de censura a contenidos sobre educación sexual, muestran cómo el discurso antigénero permea la arena educativa. En España, el llamado pin parental —que otorga a los padres el derecho a vetar talleres de igualdad o diversidad en las escuelas— es un ejemplo claro de cómo la palabra “libertad” resignificada en español, del derecho a humano, adquiere fuerza jurídica y política. En ambos contextos, la infancia es utilizada como símbolo legitimador de medidas que, en la práctica, restringen derechos, pero se usan estos mismos como argumento.

Algo similar ocurre en el ámbito legislativo: reformas y proyectos de ley en distintos países insisten en reconocer únicamente el sexo biológico como criterio de derechos, lo que refuerza un orden binarista en nombre de la “naturaleza”. En el plano digital, la llamada machosfera en español reproduce de forma masiva discursos de odio, misoginia y antifeminismo, desde influencers hasta foros anónimos, generando un entorno donde los insultos y agresiones lingüísticas se normalizan. En todos estos casos, el español funciona como lengua de institucionalización de la violencia simbólica, donde términos aparentemente neutrales se convierten en dispositivos de exclusión y disciplinamiento social. Como enuncia Emmanuel Terray (2003), todas las violencias, física, verbal, patrimonial, etc., recaen, inevitablemente en la dimensión simbólica. Ya que éstas se ejercen no sólo desde un ejercicio de poder y/o fuerza, sino también desde el ejercicio de sentidos que se tienen normalizados en un código cultural, espacio, tiempo y comunidad. Las violencias ocurren porque se entienden y se significan; y desde ahí, también se validan, normalizan y ocupan para construir, sostener y justificar contextualmente otros entramados de significados (aunque no siempre y ni en todos los casos). Construimos hábitos interpretativos y comunicativos desde la violencia.

En conclusión, tanto los insultos cotidianos como las narrativas globales traducidas al español muestran que esta lengua es una semiosfera que funciona como arena de disputa política y simbólica. En ella se juegan no solo las formas de nombrar, sino las posibilidades mismas de existencia y reconocimiento de los cuerpos. Sin embargo, si la violencia simbólica se transmite, se aprende y se normaliza en español, también en español se pueden articular contranarrativas feministas e inclusivas capaces de disputar sentidos y abrir horizontes más democráticos, igualitarios e inclusivos.

En este sentido, reconocer al español como semiosfera de disputa no solo implica describir las violencias que en él circulan, sino también activar lecturas interseccionales y situadas que permitan confrontarlas. Desde una semiótica crítica, el reto es disputar los signos mismos —libertad, familia, derechos, infancia— y resemantizarlos en clave de justicia e igualdad. Solo así el español podrá dejar de ser vehículo de exclusión para convertirse en una lengua de emancipación y reconocimiento plural.


Notas: 

[1] Esta Congregación tiene la función, desde 1542, de “defender a la Iglesia de las herejías”. Véase Marta Lamas (2025). ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia sexual. Taurus.

Referencias

Bourdieu, P. (1999). La dominación masculina. Anagrama.

Eco, U. (1977). Tratado de semiótica general (J. Pérez, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1975).

Flachsland, C. (2003). Bourdieu y el capital simbólico. Espacios Nueva Serie, (27), 57–66.

Lamas, M. (2025). ¿Ideología de género?. Disputas políticas sobre la diferencia sexual. Taurus.

Lotman, I. (1996). La semiosfera I: Semiótica de la cultura y del texto. Cátedra.

Lugones, M. (2008). Colonialidad y género. Tabula Rasa, (9), 73–101.

Peirce, C. S. (1931–1958). The Collected Papers of Charles Sanders Peirce (Vols. 1–8). C. Hartshorne, P. Weiss, & A. W. Burks (Eds.). Harvard University Press. (Original work published between 1866–1913).

Pitch, T. (2014). La violencia contra las mujeres. Trotta.

Terray, E. (2003). “Sobre la violencia simbólica”. En P. Encrevé & R. Lagrave (Eds.), Pierre Bourdieu: Sociólogo (pp. 329–333). Fondo de Cultura Económica.